Mi romance con la comida.

waffles

El pan recién horneado es algo que me parece maravilloso, no solamente por lo caliente o lo suave, sino por lo aromatizante que resulta. El pan recién horneado convierte una casa inmediatamente en un lugar amoroso, hogareño y da la impresión de volver a tiempos lejanos dónde todo lo que se necesitaba para ser feliz era una varilla de vainilla, un horno con suficiente leña y las manos de una amorosa persona que dejaba algo de su corazón en la preparación.

No sé porque siempre me ha parecido que nos remonta a tiempos lejanos dónde la relación de las personas con la comida era algo más intimo, algo así como lo describía Laura Esquivel en el libro “Cómo agua para chocolate”  y cito: “Y así como un poeta juega con las palabras, así ella jugaba a su antojo con los ingredientes y con las cantidades obteniendo resultados fenomenales”.  Porque la comida es la manera más cercana en la que llevamos el exterior al interior, porque la comida da energía, potencializa los sentidos, la comida preparada con amor es capaz de hacer feliz a la persona más gruñona, es capaz de sentar en la mesa a cientos de personas y entablar conversaciones sin ninguna finalidad más que la de compartir los platillos y después de eso se puede convertir en el tema principal.

En resumen, empece hablando de pan y termine hablando de comida en general. Porque me gusta la comida, porque me gustan los rituales, porque me gusta la rutina de que no importa en que lugar del mundo estás siempre habrá un momento en el día en el que te sientes a disfrutarla. No importa si eres rico y no la valoras lo suficiente, o si eres pobre y sabes que la comida a final de cuentas es más importante que el oro, la comida siempre está presenté en nuestra vida.

Cuándo arruinan tu lugar favorito

Caminaba por las calles de Monterrey en una sucia y pestilente calle conocida como Aramberri, tres cuadras antes de llegar al bar ya empezaba a oler a orines, ni siquiera necesitabas ver las calles o pedir sugerencias de cómo llegar a ese bar, era suficiente con seguir el olor.

Y llegue, antes de entrar al bar di una bocanada profunda de aire ya preparada me animé a entrar, aguante la respiración lo más que pude hasta que desde el patio vi cómo se alzaba tu mano y la seguí, como solía seguirte siempre, cómo un cachorrito necesitado que le soben el lomo. Llegue hasta ti y apretaste tan fuerte mis cachetes que escupí todo el aire y volví a mi color natural el cual no es tan pálido como me gustaría, ni tan rojo que dé vergüenza.

Enrede mis brazos en tu cuello y te pegue el cuerpo , antes cuándo hacía eso sentía como todo se incendiaba, las vibraciones esas raras que cuentan en los cuentos.Pero ésta vez fue diferente, está vez vez no sentí eso. Tú bebías una caguama y tenías un vaso extra para compartirme. después del primer sorbo y de haber aclimatado a mi nariz a los olores te pregunté ¿por qué me has citado en un lugar tan feo?  y me contestaste: “es mejor que repudies un lugar feo, a que te enemistes con un lugar al que valdría la pena volver”.  Yo medio entendía -aunque no quería- lo que querías decir. Me dijiste “A veces, los  años pesan mucho entre dos personas, y recuerda aquel poema que dice que cuando se termina una relación es porque se tiene que volver al juego del amor”. Pelmazo ¿quién quiere volver a ese pinche juego? -pensé-.

En ese momento nos dijimos adiós, y tu no lo sabes o no lo imaginas. Pero arruinaste mi bar favorito, porque tú nunca pudiste entender que hasta los monstruos más feos o los más pestilentes, si intentas conocerlos te pueden demostrar que tienen un gran corazón, menos tú.  (más…)